No podría decirles con exactitud cuándo fue que dejé de desear la blanquitud y el occidentalismo.
Cuándo fue la primera vez que la rabia me cegó al sentirme exotizada, minimizada, invisibilizada.
De pronto, simplemente me cansé.
Y mi mundo se derrumbó ante su incompatibilidad con mi pensamiento.
Y lloré, grité, porque sabía que no había marcha atrás.
Y me aferré a la raíz ilusoria de mi propia identidad, porque era lo único que me quedaba. Pero eso también, eventualmente, lo destruí.
Hubo un tiempo en el que creí que el inglés era el lenguaje de mi alma. El idioma en el que mi ser más genuino se manifestaba.
Ahora entiendo que no era más que un performance absurdo y aspiracional de una realidad que nunca sería mía.
Perseguí hasta el cansancio aquel sueño de una suerte de Edén blanqueado en el que todo había sido despojado de su complejidad. Un paraíso donde todos los intrincados sistemas que nos construyen eran descaradamente ignorados.
Un día, por pura desesperación, reventé aquella burbuja en la que tan plácidamente me escondía de la realidad.
Y entonces, lo vi, el mundo y su crueldad infinita.
Y las experiencias pasadas y presentes cobraron un nuevo sentido ante mí.
En fin, siempre seré una hija de la contradicción, pues ¿cómo huir de aquello que aprendiste a desear sin desearlo, pero que al mismo tiempo, de cierta forma, te constituye?

